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IBIZAISLA.ES

Monumento a Abad y Lasierra

Manuel Abad y Lasierra (Estadella, Aragón 1724 — Zaragoza 1806) destacó por ser el primer obispo de Ibiza (1783-1787). A pesar del poco tiempo que estuvo en Ibiza, sus ideas modificaron la estructura urbanística de Ibiza, impulsando la creación de parroquias e iglesias.

Desde 2009, en la plaza frente a la iglesia de Santa Gertrudis encontramos un monumento a Abad y Lasierra. Se trata de una obra del escultor ibicenco Pedro Hormigo, que también es el autor de otros monumentos ibicencos como el de Marí Cardona en Sant Rafael o el bonito monumento al Salinero de Sant Francesc.

La figura resulta curiosa por varios motivos. El hecho de aparecer sentado responde a que se trató de la primera persona que ocupó la silla del obispo de Ibiza y Formentera. La posición de los pies, señalando dos puntos diferentes responde a las actuaciones del clérigo tanto en Ibiza y Formentera. Pero el rasgo que más destaca del monumento a Abad y Lasierra es la apertura en pecho y espalda que permite ver al otro lado de la figura. Según el autor, la idea es que estos huecos representen la entrada a uno de los múltiples iglesias que mandó construir a la vez que el monumento sea un elemento con el que poder jugar.

El monumento a Abad y Lasierra y la curiosa posición de sus pies.
El monumento a Abad y Lasierra y la curiosa posición de sus pies.

Aunque la figura instalada en Santa Gertrudis pueda generar polémica, lo cierto es que el clérigo también fue una figura controvertida, a juzgar por los textos que nos han llegado hasta hoy.

Biografía de Manuel Abad y Lasierra

Realizó estudios universitarios, y se ordenó sacerdote. Al poco tiempo, se hizo monje benedictino, e ingresó en el monasterio de San Juan de Peña. Bien pronto se destacó por sus investigaciones en diferentes archivos históricos, lo que le representó el agradecimiento del rey, porque iba descubriendo antiguos derechos y privilegios de la Corona olvidados desde hacía siglos. El 1773 fue nombrado miembro de Real Academia de la Historia, que entonces era presidida por Pedro Ramón de Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla, ilustrado y persona con gran influencia a la Corte, que siempre que pudo procuró favorecer a Manuel Abad y Lasierra. Fue nombrado prior de Meià (Lleida), pequeño territorio más bien árido y afectado por la emigración, que en la época tenía unos siete pueblos con 200 habitantes. Además, la colegiata que le correspondía se encontraba en un estado lamentable. Los años que residió en Meià los aprovechó por poner en práctica sus ideas ilustradas, como la creación de un nuevo pueblo donde concentrar población, y la mejora de las técnicas de cultivo, un claro precedente de lo que se propondría hacer unos años más tarde al llegar a las Pitiusas.

Con el tiempo, sus investigaciones históricas lo llevaron ser admitido en la Real Academia Española. En torno al año 1782 se trasladó a la corte con el fin de intentar conseguir subvenciones por publicar su gran obra, que en realidad eran tres: Diplomática, Paleografía y Bibliografía españolas. Lo que sí que le llegó, estando en la Corte, el año 1783, fue el nombramiento como obispo de Ibiza, cosa que parece que en un principio no le satisfizo demasiado. La comunicación de la creación del obispado y la de la concesión del título de ciudad a la villa de Ibiza llegaron a nuestras islas a principios del mencionado año, pero el nuevo obispo, que había tomado posesión en agosto de 1783, no se trasladó a las Pitiusas hasta febrero de 1784, y fue recibido con importantes celebraciones. Al haber llegado a Ibiza/Eivissa, visitó las islas de Ibiza y Formentera, para comprobar personalmente cuál era el estado de cada una de las comarcas donde debían fundarse próximamente las parroquias rurales.

Redactó los estatutos del capítulo de la catedral y bien pronto publicó el decreto del plan parroquial (1785). Cabe destacar que en algunas parroquias —las que más adelante aparecen en cursiva— se debían construir templos nuevos. Dos parroquias urbanas: Sant Pere Apóstol, en la Catedral, y Sant Salvador, en la Marina. La primera tendría una ayuda parroquial para atender a todas las familias extramuros próximas a la ciudad de Ibiza y algunas de intramuros. Manuel Abad y Lasierra impulsó la creación de quince parroquias rurales en Ibiza, las mismas que existen en la actualidad: la Mare de Déu de Jesús, Santa Eulària, Sant Carles, Sant Joan Baptista, Sant Miquel, Sant Mateu Apóstol, Santa Agnès virgen y mártir, Sant Antoni Abad, Sant Josep, Sant Agustí, Sant Jordi, Sant Francesc de Paula (en los estanques de las Reales Salinas), Sant Rafel Arcángel, Santa Gertrudis y Sant Llorenç Mártir. Tres parroquias rurales en la isla de Formentera: Sant Francesc Xavier, la Mare de Déu del Pilar, a la Mola, y Sant Ferran, en los estanques de las Reales Salinas. Poco después fue convocado el concurso previo por cubrir todas las vicarías de las parroquias. Aquellas parroquias recién creadas que aún no disponían de iglesias, puesto que aún se debía construir la iglesia, celebraban los actos religiosos en alguna casa próxima al solar donde el templo se estaba construyendo.

La figura de Abad y Lasierra se presta a juegos de grandes y pequeños.
La figura de Abad y Lasierra se presta a juegos de grandes y pequeños.

Con el obispo Manuel Abad y Lasierra entró la lengua castellana en los documentos de la Iglesia, en lugar de la catalana que se empleaba hasta entonces. Fundó el hospicio en Dalt Vila, para que fueran atendidas las personas más pobres, y apoyó el almacén de granos denominado sa Cuartera, al lado el portal Nou. Los estrechos y altos solares de debajo el castillo, entre el palacio episcopal y el hospicio, después hospital, serían convertidos por el obispo en fossar parroquial de Sant Pere; el obispo también veía la necesidad de hacer otro en la parroquia de Sant Salvador. Los de Sant Cristòfol podrían servirse del antiguo cementerio de Santa Paula, al pie del Puig des Molins —ahora sa Capelleta —.

Tras recibir la aprobación definitiva de su plano de construcción de las nuevas parroquias, Abad y Lasierra empezó a dedicarse a otras tareas, más relacionadas con su calidad de hombre ilustrado. Así, a finales de 1784, se le piden, desde la Real Academia de la Historia, datos sobre las Pitiüses para añadir a un Diccionario Geográfico de España, que se estaba redactando por aquella época. Tardó más de un año y medio en enviar la información pedida, que le fue reclamada insistentemente por Campomanes. A sus ocupaciones como obispo se añadieron las del gobierno de las Pitiüses: la muerte, en poco tiempo, del gobernador y el asesor lo convirtieron en la máxima autoridad de nuestras islas, y llegó a actuar como gobernador interino por un breve periodo de tiempo. Además, debió preparar el que quizás es su documento más importante sobre las Illes Pitiüses: la Breve noticia del estado natural, civil, militar y político que hoy tienen las islas de Iviza y Formentera, como sus adyacentes. Redactado en julio de 1785 a petición del Consejo de Castilla, recoge el que según el obispo era el estado de las Pitiüses. El conjunto del documento viene a decir lo mismo: las islas de Ibiza y Formentera son muy ricas y fértiles, pero las pocas ganas de trabajar que tienen sus pobladores las han traído a un estado de miseria. Sus críticas se extienden también al sistema institucional y legislativo, en especial contra las Ordenanzas y la prohibición que había de sacar víveres de las Pitiüses (creada por evitar la especulación en tiempo de hambre, y no para hundir el comercio, como dice el obispo). Ante todo esto, propone una reestructuración total, en la línea de las ideas que ya había aplicado cuando era prior de Meià. Pide a la corte que se cree una Junta (Junta de Gobierno), que lo primero que hará será controlar los abastos, para conseguir las simpatías del pueblo. A continuación hará un estudio en profundidad de las islas de Ibiza y Formentera y redactará un Plan de Mejoras. Dice, además, que todo esto no representará ningún tipo de gastos para la Corona: la dotación del Ayuntamiento es, según él, más que suficiente. Para acabar, deja bien claro que su estado de salud le impide presidir la Junta que propone. El proyecto fue aprobado cinco meses después por el Consejo de Castilla, y la Junta, con categoría de Sociedad Económica de Amigos del País, empezó sus tareas. Pese a sus alegaciones respeto a su estado de salud, el obispo presidirá, con el gobernador, las reuniones de la Junta, que enviará al Consejo de Castilla, para su aprobación, seis Planes de Mejoras (Ilustración), redactados bajo su dirección.

Los duros trabajos de poner en marcha el obispado y «el clima africano de los veranos de esta tierra» —en palabras suyas— perjudicaron mucho la salud del obispo. Pidió que lo trasladaran a Zamora, si bien en la Corte se decidió nombrarlo obispo de Astorga (León), motivo por el cual salió de Madrid a finales de 1787. En 1789 es llamado a Madrid, parece que con la intención de nombrarlo preceptor del príncipe de Asturias o de alguno de los mimebros de la Corona, pero su designación finalmente no se llegó a realizar. En 1791 pasa a ocupar el cargo, puramente honorífico, de arzobispo de Selimbria. El año siguiente dirigió, por un breve periodo de tiempo, los Reales Estudios de San Isidro, para pasar a ocupar, en abril de 1793, el cargo de inquisidor general. Pero tampoco en este cargo llevará demasiado, porque fue cesado en 1794, probablemente a raíz de sus intentos de acabar con el carácter secreto de la institución y dar algunas garantías a los acusados. Recluido en el monasterio de Sopetrán (Guadalajara) entre 1794 y 1797, volvió después a su pueblo natal, Estadella. Murió en Zaragoza en 1806.