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Los primeros turistas: entre la nostalgia y la rabia

¿Recuerdas? Muchas personas sí que se acordarán. ¡Tampoco hace tanto tiempo!

Había unos veranos en los que llegaban muchos turistas que se alojaban en el mismo establecimiento año tras año; algunos incluso pedían la misma habitación. Solían estar en la isla al menos 15 días; otros, un mes entero o incluso todo el verano. Tenían costumbres fijas durante su estancia en Ibiza y entablan amistad primero con los propietarios y trabajadores del hostal, fonda u hotel. Después con los comerciantes y vecinos a los que compraban todo tipo de artículos.

Rollos de papel entre los que se van y los que se quedan en el puerto de Ibiza. Una imagen habitual que muchos ‘mursianus’ vieron al regresar a sus lugares de origen.

Muchos de aquellos turistas aprovechaban para escaparse algunas noches a un restaurante cercano, o alquilaban un coche para explorar la isla, tomar fotos o bañarse en alguna cala recóndita. Se detenían a comer donde los pillara durante la excursión y preferían locales de comida típica ibicenca.

Toda Ibiza vivía del turismo ¡Entonces sí!

Estos turistas de antes querían conocer la ciudad histórica, Dalt Vila, la Marina. Solían preguntar a la gente con la que se cruzaban por nombres de calles y lugares emblemáticos. No resultaba nada difícil que, durante la estancia de la familia de británicos o alemanes, también franceses y de otras muchas nacionalidades surgiera entre los más jóvenes una intercomunicación cultural o de alguna otra índole. También se enamoraban. Hubo matrimonios mixtos normalmente entre el joven nativo y la moza extranjera. También ocurrió al revés. Se entremezclaron los apellidos y las culturas en estas relaciones relativamente habituales.

mercadillo ibiza
El mercadillo hippy que instalado en el barrio de La Marina, años 70

A casi todos esos turistas también les gustaba la fiesta. Muchas orquestas tocaban en directo en los hoteles exactamente hasta la medianoche. También muchos jóvenes de la isla estaban como un clavo cada noche en determinados hoteles, algunos conchabados con los camareros para intentar hablar, bailar y lo que fuera necesario con aquellas turistas espigadas, jovencísimas, bellísimas y extranjeras, y dispuestas a conocer a fondo en el indígena.

A partir de esa hora, debía bajar a la propia discoteca del hotel o desplazarse a las que empezaban a sonar internacionalmente para seguir el baile y el jolgorio. Nadie se enteraba de todo este sarao que también gustaba sobremanera a los turistas de los que hablamos. Eran visitantes, al menos la mayoría, que respetaban el entorno donde estaban alojados ya los ibicencos y sus costumbres raras y muchas veces enigmáticas para ellos, pero que sabían valorar y sobre todo les profesaban consideración e incluso cariño.

Muchas personas tras leer este escrito recordarán perfectamente aquellos años, seguramente algunos con nostalgia y otros con rabia. Ese turismo mayoritariamente familiar y especialmente respetuoso con los ibicencos desapareció poco a poco sin saber cómo.
No hay parangón alguno entre aquellos turistas que rememoramos ahora con los que actualmente llegan a la isla… ¿O no son turistas?
Por desgracia, el turismo acabó sin darnos cuenta. Ahora vivimos otra época en la que recibimos miles y miles de visitantes más que antes y que no nos atrevemos a denominar turistas.

Un texto traducido y adaptado de Toniet Eivissautòctona, puedes ver aquí la publicación original.

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